Artículo de opinión: “La fe del converso”

La fe del converso es la de aquel que ha cambiado de opinión y toma posiciones, no solo totalmente contrarias a lo que antes pensaba, sino incluso extremas dentro de su nueva corriente.

El converso lleva al paroxismo sus convicciones porque cree estar perpetuamente bajo sospecha, porque aquellos que son “cristianos viejos” dudan de su sinceridad y han de ser más papista que el propio Papa.

En los dos últimos años todos hemos asistido, con cierta perplejidad, a una ola de conversiones en masa, a una caída del caballo colectiva en el camino de Damasco.

Y en ese frenesí de autos de fe, hemos visto asombrados como nuestro vecino, aquel que criticaba el fin de las corridas de toros en Cataluña, aficionado a la copla y que veraneaba cada año en su Antequera natal, cambiaba el pendón de la Esperanza Macarena que decoraba su balcón, por la estelada.

Y que ese grupo de amigos con los que veías los partidos de la Selección en el Bar,  y enfundados en la camiseta de La Roja celebrasteis hasta perder la voz sus triunfos, este año descubres con estupor que en el Mundial jaleaban a Holanda y celebraban con inquina el descalabro de los de Del Bosque.

Y lo peor es el desprecio con los que un día tu hijo habla de sus orígenes y te comenta que le avergüenza ver que su abuela, que llegó a Cataluña hace más de cuarenta años, “no parla el català”. Esa misma abuela que le acunó y cantó nanas extremeñas para que conciliara el sueño.

Es el resultado de treinta años de lobotomía mediática, de gota malaya, de inculcar en las escuelas la fe nacionalista basada en el odio al contrario y , en muchos casos, al propio. Algo que en los dos últimos años se ha intensificado hasta la nausea.

Pero lo que no sabe el converso es que para el “nacionalista viejo”, aquel de abolengo y tradición, que arrastra en su árbol genealógico más de ocho apellidos catalanes, un “charnego” es solo un voto útil, un mal menor, un ciudadano de segunda del que se servirán para alcanzar sus fines, pero que no consentirán que se casen con sus hijos. Un Pérez no manchará su pedigrí. El nacionalismo es, por definición, endogámico y elitista.

Por algo sólo en las Comunidades Autónomas donde impera el nacionalismo existe un nombre despectivo que define al que no es catalán o vasco puro, sino fruto del mestizaje de un autóctono y alguien del resto de España.

Cuando en el siglo XV los Reyes Católicos decretaron la expulsión de los judíos mediante el edicto de Granada, se les dio cuatro meses para tomar la más terrible decisión de su vida: abandonar su fe para integrarse en la comunidad política y civil, o salir del territorio a fin de conservarla.

Muchos fueron los que optaron por el bautismo, pero nunca dejaron de ser sospechosos de practicar su religión en la clandestinidad y jamás fueron aceptados en las comunidades cristianas como iguales.

Pero otros decidieron abandonar su patria, dejar atrás todos sus bienes, su hogar y tomar el camino del exilio a cambio de conservar su fe, su identidad y su esencia.

Gentes admirables como las que ahora en Cataluña luchan contra corriente, que se resisten a ser arrastrados por la ola independentista, a ser ahogados bajo el peso de una bandera que no les representa.

Esos andaluces, murcianos, gallegos, castellanos…, que un día eligieron Cataluña como punto de destino, como tierra de acogida donde edificar su hogar y parir a sus hijos.

Que aman la tierra catalana a la que han contribuido a hacer grande con su esfuerzo y sudor, pero que no renuncian a sus raíces, que se sienten orgullosos de ellas, de su tierra de origen.

Que se niegan a renunciar a lo que son para ser aceptados, que se llaman José y no Josep, que no quieren cambiar sus apellidos.

Que defienden sus tradiciones y su cultura porque sus costumbres forman ya parte de esta sociedad mestiza, plural y abierta como siempre había sido la catalana, antes de que algunos se empeñaran en hacerla retroceder a la tribu y al egocentrismo.

Esas buenas gentes, que ven como se les quiere poner en la disyuntiva de elegir entre la conversión o el exilio.

Y, lo peor de todo y lo que más les duele, es que son sus propios hijos los que  les quieren echar de su casa. Porque la nueva religión, para muchos, está por encima de los lazos familiares y prefieren perder a sus padres a perder la confianza de los lideres espirituales.

Ya lo dice el dicho: no hay peor fanático que el converso.

Cuca Santos Neyra

Secretaria General del Partido Popular de Sabadell

CUCA SANTOS