10 marzo, 2014

Reflexiones sobre la Libertad de Expresión por Esteban Gesa



En los últimos tiempos, estamos asistiendo, en nombre de la libertad de expresión, a atentados contra otros derechos y libertades igualmente fundamentales y de especial protección, como la libertad religiosa y de culto, llevados a cabo por colectivos y personas vinculados a grupos radicales.

El último acontecimiento que se ha producido en nuestro municipio ha sido la interrupción de la Misa del Gallo en la Iglesia de Sant Fèlix, pero siendo el último no ha sido el único: pintadas en edificios religiosos, otras interrupciones en ceremonias religiosas, ataques a sedes de partidos políticos e incluso interrupciones en el pleno municipal. Ante la sorpresa y perplejidad  de que nadie del equipo de gobierno ni ninguna formación política se  haya pronunciado al respeto, sobre todo ante lo acontecido el día 24 de Diciembre, me formulo la siguiente pregunta:

¿Hasta que punto la libertad de expresión puede conculcar otros derechos? No podemos aceptar la doble moral de algunos supuestos libertarios y demócratas, que no sólo atropellan los derechos de terceras personas, sino que tratan de justificar esta forma de actuar.

Soy perfectamente conciente de que la libertad de expresión es un valor incuestionable en toda sociedad democrática, pero la propia Declaración Universal de Derechos Humanos, advierte que nadie puede acogerse a ningún derecho reconocido en ella, en detrimento de otro también previsto en la misma.

Quiero precisar, que cito normativa internacional y no estatal,pues parece existir últimamente cierta corriente casi doctrinal, que considera que la legalidad española no resulta argumento y motivo suficiente para su respeto y cumplimento.

De la misma manera, quiero recordar a aquellos que cometen tales actuaciones en nombre de la ”desobediencia civil”, que ésta no es un derecho sino un actuación de hecho, y aunque ilegal, si se ejerce, ha de guardar lealtad al régimen jurídico asumiendo la responsabilidades contempladas en el mismo.

La desobediencia civil propugna un cambio de política o de sociedad, de acuerdo. Pero tal propugna se ha de ejercer siempre respetando la libertad ajena, sin vulnerar las reglas de la democracia y utilizando procedimientos no violentos aceptando la sanción jurídica.

La utilización por parte de determinados colectivos organizados de  presión amedrentadora, violencia verbal, y en algunos casos física, como el caso de estudiantes de la Universidad Complutense agredidos por colectivos radicales, han de ser siempre motivo de condena y repulsa por todos aquellos que nos consideramos demócratas.

No debemos utilizar una doble vara de medir, dependiendo de si aquel que comete el atropello, es cercano a nuestra ideología o no. La irrupción de grupos de extrema derecha en la Biblioteca Blanquerna de Madrid, el 11 de septiembre, es de igual forma repudiable que la irrupción de grupos pro abortistas en la celebración de la Misa del Gallo.

Cabe precisar que estas actuaciones, dirigidas por y según el arbitrio de algunos, dejan de poder considerarse plataformas de manifestación frente a una ley o decisión política, cuando acaban constituyéndose pura y simplemente en maniobras para el asedio permanente a tendencias personales absolutamente legitimas.

En definitiva pues, tales movimientos, considerando su legitimación, acaban desgraciadamente vulnerando derechos tan fundamentales como los que ellos mismos reivindican y propugnan.

Si no entendemos que el límite de nuestros derechos es la línea donde comienzan los derechos de los demás, si anteponemos las vísceras a la razón, si confundimos la libertad con el libertinaje e imponemos el todo vale a los límites que marcan nuestras leyes, antepondremos la ideología al bien común y a la convivencia…

 

 

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